domingo, 17 de abril de 2011
Los sin rostro ( Continuación )
Julio intento reir pero no pudo. Sus músculos lo desobedecían, se independizaban. Imaginaba una y mil veces que sus músculos sufrían y se sentía a gusto de saber que ellos eran independientes. Su mente sufría como él. Sintió que trataba de disociar cada parte de su cuerpo. Sintió en la materialidad de sus pensamientos. Creyó estar volviéndose loco, pero después como siempre le pasaba dejo de creer. Trato de reir y esta vez pudo. Sintió terror por esto. La mente imperialista no dejaba de ejercer un despiadado poder sobre sus músculos. Para dejar de pensar charlaba con Manuel. No se veían las caras y esto provocaba cierta indiferencia ante las palabras escuchadas. Se agarraban de las manos cuando hablaban y sentían seguridad. Seguían teniendo rasgos particulares, sus caras encerradas decían cosas, las capuchas no impedían que sus miradas busquen consenso, relean pensamientos ocultos, que reconozcan confusos paisajes setentistas que no llegaban a comprender. Escucharon ruidos y lloraron amargamente, escuchaban a gente que lloraba amargamente. Decidieron soltarse las manos y dejar de llorar. No pudieron. Una puerta se abrió, ya no estaban solos, ahora eran tres. Lo saludaron pero no recibieron respuesta. Trataron de preguntarles de dónde venía, pero obtenían respuesta. Julio trató de agarrarle las manos, Sintió que las palabras estaban de más. Encontró unas manos húmedas que apretaban las suyas con una intensidad irracional. Sintió terror.
martes, 22 de febrero de 2011
Los sin Rostro

Los sin rostro merodeaban por lugares que supuestamente estaban poblados por gente que insinuaba algún tipo de peligrosidad. No se reconocían como ingredientes de una receta mal configurada. No se reconocían entre ellos. Su falta de rasgos particulares reafirmaba su ausencia. Miraban de reojo, pensaban sin jamás tratar de pensar en sus amorfos pensamientos. Tiraban del pelo sin saber que el tirar del pelo genera un dolor que va en aumento cuando la fuerza con la que se ejerce ese acto aumenta. Disparaban sintiendo solo el ruido. Charlaban sobre cine barato. Disfrutaban de comer pizza. Les cerraba más la noche que la mañana. Sus borracheras eran algo agresivas. Creían en dios cuando era necesario hacerlo. Sin tener culpa desistían muchas veces del perdón. Caminaban en estado de alerta. Se cargaban entre ellos y gritaban fuerte los goles de un equipo que silenciaba.
Después de algunas horas decidieron ir a comprar cigarrillos, el kiosco más próximo estaba cerrado. Caminaron unas cuadras más y lo consiguieron. Pidieron unos Marlboro y agradecieron. No pagaron. Pero agradecieron. Se prendieron un pucho cada uno y charlaron sobre el precio de los puchos. Vieron movimientos extraños cuando volvían por calles desoladas. Todo era motivo de sospecha. Miraban y volvían a mirar. Seguían marcha escuchando música en volumen muy bajo. Eran susurros poco entendibles. Melodías que acompañaban palabras que no eran escuchadas por ellos.
Volvían a sus lugares con aires de victoria, puchos gratis y la sensación de haber visto algo raro. De ser parte fundamental de algo. De ver gente en algo raro. Ellos no eran vistos. O mejor dicho no eran reconocibles. Se levantó para ir al baño y se miró al espejo. Era como un vampiro, el espejo no devolvía nada. Ese espejo era inexpresivo, maniquíes pasaban varias veces al día por ese espejo. Algunos se lavaban las manos, otros sólo se miraban inútilmente. Les avisaron que había un procedimiento en la calle Riobamba. Salieron sin apurarse y antes intentaron nuevamente mirarse al espejo. En el camino volvieron a charlar sobre temas poco interesantes. Ellos sabían que no era interesante lo que charlaban. El tiempo era un gran tema no interesante que desarrollaban cada día dentro del auto que los trasladaba a distintos lugares. Esa tarde se llevaron a dos. Dos pibes que no tenían más de 18 años. Los miraron antes de encapucharlos. Que no nos vean la cara dijo uno de ellos. Creían que el espejo les mentía, pero no, los detenidos no podían verle la cara aunque lo intentasen con todas sus fuerzas. Uno de los detenidos tenía el pelo largo y una barba al estilo Kurt Cobain, indicios de barba. Se llamaba Manuel Espósito y militaba en la JP. El otro era un amigo que había pasado a tomar unos mates y ahora estaba temblando del miedo. Se llamaba Julio Minucius y cantaba tangos. Los cantaba en su casa mientras se bañaba y después seguía mientras secaba su cuerpo frente al espejo. Tenía acne y encontraba atractivo apretarse los granos frente a un espejo. Después sufría por las marcas. Durante todo el trayecto Julito lloró como un niño que no quiere que apaguen la luz antes de dormir. Manuel trataba de tranquilizarlo y le pedía perdón en voz baja. Ellos seguían hablando del tiempo. Uno de los sin rostro pidió silencio, quería empezar a demostrar autoridad. Quería dar a entender que el que mandaba era él, por un rato mandaba él. Después solo acataría ordenes, sin pensarlas, sin analizarlas, sin ningún tipo de culpa. Los autos pasaban y los detenidos trataban de ver a través de las capuchas, sentían que los autos pasaban. Miles de autos pasaban. Algunos llevaban a familias que volvían de un día rutinario, en donde la madre pensaba en qué cocinar, el padre pensaba en que iba a cocinar su mujer y dos hermanitos dividían sus pensamientos entre quién debería bañarse antes y la comida de mamá. Esa noche la mujer decidió no cocinar. En cambio ellos sufrían por la incertidumbre, por no saber y también porque había un tipo que los seguía callando cuando ellos ni siquiera murmuraban. Sabían qué pensaban y querían silenciar esos pensamientos. De eso se trataba en definitiva. El camino era largo, no podían calcular cuantas cuadras, pero se hizo interminable. Antes de bajar escucharon en la radio que el pronóstico para el día siguiente era inmejorable, soleado. Se venía el verano. Se tomaron de las manos y rezaron o algo parecido a eso. Uno le pidió a la abuela y el otro era más conocedor de la religión católica. Cuando se dieron cuenta que rezaban, los sin rostro sonrieron.
Después de un largo día se fueron a sus casas. Uno de ellos salió a caminar por el barrio. Una vecina lo saludaba mientras le comentaba a una amiga que la visitaba, lo buena persona que era ese muchacho. Ella sí podía ver su cara, para ella sí tenía rasgos específicos que lo diferenciaban de la multitud. Ella lo conocía poco y nada, pero que bien le caía. Qué solidario que era. Gente así no abunda, le volvía a comentar a su compañera que ya se estaba retirando después de una larga clase de corte y confección. El buen muchacho sin rostro seguía caminando. Sus pasos no delataban ninguna situación, ni lento, cómo para suponer que camina tranquilo una tarde noche de diciembre, ni rápido, como para inferir que llega tarde a alguna cita. Un híbrido. Como no tenía un itinerario pensado, se frenó de golpe y sintió que tanta libertad lo agobiaba. Necesitaba que le digan a donde, por donde y para qué ir a tal lugar. Prefirió volver a su casa y eligió el camino más corto. A esta altura el paso era ligero. Faltando un par de cuadras empezó a trotar. Llegó algo perturbado y sacó las llaves, su puerta estaba abierta. Se desesperó. Su casa estaba dada vuelta, nada en su lugar. Desesperó aun más viendo semejante situación. Un allanamiento en el lugar equivocado era la respuesta para semejante desorden. Faltaban algunos objetos de valor. La explicación fue dada por un superior. No se animó a pedir por sus cosas. Esa noche rezó.
Los dejaron en un cuarto que parecía no tener ningún tipo de salida. En realidad nunca les sacaron las capuchas, entonces esa sensación era inevitable. Manuel le seguía pidiendo perdón y esto lo intranquilizaba aun más a Julio. Si tanto le pedía perdón es porque se venían momentos difíciles. Perdón por qué Julio? Qué nos va a pasar? Preguntaba esperando una respuesta tranquilizadora. Nada contestaba Manuel. Nada. Entonces dejá de asustarme y tratá de dormir. Nada repetía una y otra vez Manuel. Un sin rostro que estaba de guardia los hizo callar. Antes de callarse murmuró la palabra perdón nuevamente. Ya las palabras salían inconcientemente. Julio sintió miedo.
Se despertaron con una risotada que sonaba como una burla macabra. El silencio los conmovía, la espera los hundía en la tortura. Esperaron otra risotada pero no sucedió. Deseaban escucharla, lo necesitaban, querían creer que la risa era un buen síntoma. Se acercó un tipo que tenía un bigote bien prolijo. El bigote era propio de los sin rostro, los encolumnaba en una fila de rostros sin expresión. Al oído les susurró que estaban hasta las pelotas. El susurro logra un efecto multiplicador. El susurro decía que ellos estaban complicados. Hasta las pelotas pensaron los dos. Se les vino la imagen de estar desnudos, con la capucha. Manuel sintió la necesidad de sacarse la ropa. Tratar de superar etapas, de acelerar momentos de miedo. El mismo sentimiento de extrañeza que da saber que alguien te está por asustar. Es más difícil el momento previo al susto que se sabe que llegará, que el susto en si mismo. Manuel se pellizcaba a cada rato. Trataba de inmunizarse.
Comieron y se sintieron unos privilegiados. Charlaban mientras lo hacían y coincidían en lo placentero de un plato de comida. No sabían en dónde carajo estaban. La sensación de desesperación se calmaba en momentos de charlas intrascendentes. Trataban de hablar de temas de poca monta. Hasta que uno de ellos pensaba en cómo estarían sus familiares y el paso de lo intrascendente a la cruel desesperación era inevitable. El miedo a morir suele desprenderse del miedo por el que queda. Ese miedo sentían ellos, su ausencia provocaba dolor en quienes ellos querían. Pensar en el llanto de los suyos los hacía llorar.
A las dos de la madrugada terminaba su guardia. Mientras iba a su casa caminando se tocó el bigote. Por momentos aceleraba el ritmo, corría por momentos. Llegó a sentir piedad por los dos nuevos detenidos, esos que charlaban entre ellos, que lloraban juntos. Notaba que eran amigos. Al llegar a su casa, su mujer le dio un beso en la mejilla. A partir de eso empezaron a discutir. Un beso en la mejilla lo dejaba en medio de una crisis de nervios no muy bien disimulada. Ella le criticó el bigote, hasta llegó a pedir que se lo afeite. Dijo que la pinchaba, que el beso en la mejilla era porque el bigote la pinchaba. Eso lo tranquilizó solo un poco. No podía afeitarse, no podía dejar de pertenecer, no podría tener un rostro. Se durmió y se despertó muchas veces esa noche. Siempre que despertaba se tocaba el bigote, cuando notaba que seguía en el mismo lugar respiraba profundo, se tranquilizaba...
Después de algunas horas decidieron ir a comprar cigarrillos, el kiosco más próximo estaba cerrado. Caminaron unas cuadras más y lo consiguieron. Pidieron unos Marlboro y agradecieron. No pagaron. Pero agradecieron. Se prendieron un pucho cada uno y charlaron sobre el precio de los puchos. Vieron movimientos extraños cuando volvían por calles desoladas. Todo era motivo de sospecha. Miraban y volvían a mirar. Seguían marcha escuchando música en volumen muy bajo. Eran susurros poco entendibles. Melodías que acompañaban palabras que no eran escuchadas por ellos.
Volvían a sus lugares con aires de victoria, puchos gratis y la sensación de haber visto algo raro. De ser parte fundamental de algo. De ver gente en algo raro. Ellos no eran vistos. O mejor dicho no eran reconocibles. Se levantó para ir al baño y se miró al espejo. Era como un vampiro, el espejo no devolvía nada. Ese espejo era inexpresivo, maniquíes pasaban varias veces al día por ese espejo. Algunos se lavaban las manos, otros sólo se miraban inútilmente. Les avisaron que había un procedimiento en la calle Riobamba. Salieron sin apurarse y antes intentaron nuevamente mirarse al espejo. En el camino volvieron a charlar sobre temas poco interesantes. Ellos sabían que no era interesante lo que charlaban. El tiempo era un gran tema no interesante que desarrollaban cada día dentro del auto que los trasladaba a distintos lugares. Esa tarde se llevaron a dos. Dos pibes que no tenían más de 18 años. Los miraron antes de encapucharlos. Que no nos vean la cara dijo uno de ellos. Creían que el espejo les mentía, pero no, los detenidos no podían verle la cara aunque lo intentasen con todas sus fuerzas. Uno de los detenidos tenía el pelo largo y una barba al estilo Kurt Cobain, indicios de barba. Se llamaba Manuel Espósito y militaba en la JP. El otro era un amigo que había pasado a tomar unos mates y ahora estaba temblando del miedo. Se llamaba Julio Minucius y cantaba tangos. Los cantaba en su casa mientras se bañaba y después seguía mientras secaba su cuerpo frente al espejo. Tenía acne y encontraba atractivo apretarse los granos frente a un espejo. Después sufría por las marcas. Durante todo el trayecto Julito lloró como un niño que no quiere que apaguen la luz antes de dormir. Manuel trataba de tranquilizarlo y le pedía perdón en voz baja. Ellos seguían hablando del tiempo. Uno de los sin rostro pidió silencio, quería empezar a demostrar autoridad. Quería dar a entender que el que mandaba era él, por un rato mandaba él. Después solo acataría ordenes, sin pensarlas, sin analizarlas, sin ningún tipo de culpa. Los autos pasaban y los detenidos trataban de ver a través de las capuchas, sentían que los autos pasaban. Miles de autos pasaban. Algunos llevaban a familias que volvían de un día rutinario, en donde la madre pensaba en qué cocinar, el padre pensaba en que iba a cocinar su mujer y dos hermanitos dividían sus pensamientos entre quién debería bañarse antes y la comida de mamá. Esa noche la mujer decidió no cocinar. En cambio ellos sufrían por la incertidumbre, por no saber y también porque había un tipo que los seguía callando cuando ellos ni siquiera murmuraban. Sabían qué pensaban y querían silenciar esos pensamientos. De eso se trataba en definitiva. El camino era largo, no podían calcular cuantas cuadras, pero se hizo interminable. Antes de bajar escucharon en la radio que el pronóstico para el día siguiente era inmejorable, soleado. Se venía el verano. Se tomaron de las manos y rezaron o algo parecido a eso. Uno le pidió a la abuela y el otro era más conocedor de la religión católica. Cuando se dieron cuenta que rezaban, los sin rostro sonrieron.
Después de un largo día se fueron a sus casas. Uno de ellos salió a caminar por el barrio. Una vecina lo saludaba mientras le comentaba a una amiga que la visitaba, lo buena persona que era ese muchacho. Ella sí podía ver su cara, para ella sí tenía rasgos específicos que lo diferenciaban de la multitud. Ella lo conocía poco y nada, pero que bien le caía. Qué solidario que era. Gente así no abunda, le volvía a comentar a su compañera que ya se estaba retirando después de una larga clase de corte y confección. El buen muchacho sin rostro seguía caminando. Sus pasos no delataban ninguna situación, ni lento, cómo para suponer que camina tranquilo una tarde noche de diciembre, ni rápido, como para inferir que llega tarde a alguna cita. Un híbrido. Como no tenía un itinerario pensado, se frenó de golpe y sintió que tanta libertad lo agobiaba. Necesitaba que le digan a donde, por donde y para qué ir a tal lugar. Prefirió volver a su casa y eligió el camino más corto. A esta altura el paso era ligero. Faltando un par de cuadras empezó a trotar. Llegó algo perturbado y sacó las llaves, su puerta estaba abierta. Se desesperó. Su casa estaba dada vuelta, nada en su lugar. Desesperó aun más viendo semejante situación. Un allanamiento en el lugar equivocado era la respuesta para semejante desorden. Faltaban algunos objetos de valor. La explicación fue dada por un superior. No se animó a pedir por sus cosas. Esa noche rezó.
Los dejaron en un cuarto que parecía no tener ningún tipo de salida. En realidad nunca les sacaron las capuchas, entonces esa sensación era inevitable. Manuel le seguía pidiendo perdón y esto lo intranquilizaba aun más a Julio. Si tanto le pedía perdón es porque se venían momentos difíciles. Perdón por qué Julio? Qué nos va a pasar? Preguntaba esperando una respuesta tranquilizadora. Nada contestaba Manuel. Nada. Entonces dejá de asustarme y tratá de dormir. Nada repetía una y otra vez Manuel. Un sin rostro que estaba de guardia los hizo callar. Antes de callarse murmuró la palabra perdón nuevamente. Ya las palabras salían inconcientemente. Julio sintió miedo.
Se despertaron con una risotada que sonaba como una burla macabra. El silencio los conmovía, la espera los hundía en la tortura. Esperaron otra risotada pero no sucedió. Deseaban escucharla, lo necesitaban, querían creer que la risa era un buen síntoma. Se acercó un tipo que tenía un bigote bien prolijo. El bigote era propio de los sin rostro, los encolumnaba en una fila de rostros sin expresión. Al oído les susurró que estaban hasta las pelotas. El susurro logra un efecto multiplicador. El susurro decía que ellos estaban complicados. Hasta las pelotas pensaron los dos. Se les vino la imagen de estar desnudos, con la capucha. Manuel sintió la necesidad de sacarse la ropa. Tratar de superar etapas, de acelerar momentos de miedo. El mismo sentimiento de extrañeza que da saber que alguien te está por asustar. Es más difícil el momento previo al susto que se sabe que llegará, que el susto en si mismo. Manuel se pellizcaba a cada rato. Trataba de inmunizarse.
Comieron y se sintieron unos privilegiados. Charlaban mientras lo hacían y coincidían en lo placentero de un plato de comida. No sabían en dónde carajo estaban. La sensación de desesperación se calmaba en momentos de charlas intrascendentes. Trataban de hablar de temas de poca monta. Hasta que uno de ellos pensaba en cómo estarían sus familiares y el paso de lo intrascendente a la cruel desesperación era inevitable. El miedo a morir suele desprenderse del miedo por el que queda. Ese miedo sentían ellos, su ausencia provocaba dolor en quienes ellos querían. Pensar en el llanto de los suyos los hacía llorar.
A las dos de la madrugada terminaba su guardia. Mientras iba a su casa caminando se tocó el bigote. Por momentos aceleraba el ritmo, corría por momentos. Llegó a sentir piedad por los dos nuevos detenidos, esos que charlaban entre ellos, que lloraban juntos. Notaba que eran amigos. Al llegar a su casa, su mujer le dio un beso en la mejilla. A partir de eso empezaron a discutir. Un beso en la mejilla lo dejaba en medio de una crisis de nervios no muy bien disimulada. Ella le criticó el bigote, hasta llegó a pedir que se lo afeite. Dijo que la pinchaba, que el beso en la mejilla era porque el bigote la pinchaba. Eso lo tranquilizó solo un poco. No podía afeitarse, no podía dejar de pertenecer, no podría tener un rostro. Se durmió y se despertó muchas veces esa noche. Siempre que despertaba se tocaba el bigote, cuando notaba que seguía en el mismo lugar respiraba profundo, se tranquilizaba...
¿Continuara?
jueves, 5 de agosto de 2010
Perú ¿ Diario de viaje ?
Ni se te ocurra ir a tal lugar. No vale la pena parar ahí. ¿ Si no vas a ese lugar para qué vas? En esa ciudad no hay nada. Me aconsejaban pasar de largo lugares poco recomendables y alguno me trató de idiota por mi moderado interés ante majestuosos e imperdibles paisajes. Creo que llegué a sentirme mal, o al menos un verdadero idiota. Pero en otros momentos me recuperaba de mi masoquismo innato y me sentaba para mirar a la gente, mirar cuando caminaban. Caminan distinto a mí, pensé inmediatamente después de darme cuenta que mi actividad en ese momento era mirar como camina la gente. Ríen parecido, van al colegio como en algún momento fui... pero caminan distinto.
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Ya van varias veces que me ofrecen masajes, me hablan en inglés, me río parecido a ellos y les digo que no en nuestro idioma; que igualmente suena parecido al no en inglés. Algunas veces agrego alguna palabra que acompañe al no para que sepan que hablamos parecido. Se ríen.
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Ya van varias veces que me ofrecen masajes, me hablan en inglés, me río parecido a ellos y les digo que no en nuestro idioma; que igualmente suena parecido al no en inglés. Algunas veces agrego alguna palabra que acompañe al no para que sepan que hablamos parecido. Se ríen.
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Sigo considerando posibles destinos. Confieso sin pudor que me gustan las ciudades. Confieso que me gusta ver gente y no tanto que me vean.
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Las plazas no tienen juegos para los niños, algunas palomas ofician de circunstanciales animadoras. Y no solo hay ausencia de juegos, se las denomina Plazas de Armas ( creo que con mayúscula ) La explicación histórica al porqué se la escuché a mi papá en alguna oportunidad y puede ser interesante, pero me quedo con la llamativa oposición entre nuestras plazas con juegos ( gastados en su mayoría ) y sus armas ( tristemente gastadas ). Debo admitir que sus “bélicas” plazas son más alegres y bonitas que las nuestras. No me dejo llevar por los nombres y el razonamiento que acabo de hacer pierde fuerza y sentido.
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En la plaza escucho a Coiffeur y canta cada vez más suave. Pienso que no podrá superar su suavidad en el próximo disco.
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Me vuelvo bien terrenal y me empiezo a indignar por situaciones. Veo gente arrodillada que lustra zapatos ajenos. Que a mi entender están limpios. La sumisión me intranquiliza y por estos lugares la puedo olfatear. Trato de seguir viendo como camina la gente que es algo mucho más revelador.
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Por ahora no participé de grandes caminatas con grupos de personas que gustan de mirar antiguos bellos paisajes. Leí alguna vez algo así: lejos de preceder el paisaje al punto de vista, es el punto de vista el que crea el paisaje. Me justifico. Siento que voy creando paisajes encantadores. No todos pueden ser fotografiados. Hay de los dos, los que voy a mostrar a través de mi cámara y los que trato de contar. Este es mi más sincero intento.
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Siento que hablo poco y eso inevitablemente me hace pensar más. Hay veces que pienso cosas interesantes, en algunas soluciones para irremediables problemas: Pero no sé si realmente son cosas interesantes las que pienso porque gracias a mi limitación para que esas ideas dejen de pertenecer al mundo de mis pensamientos, pasan a ser irresolutas y pasajeras. Sigo pensando. Evidentemente es un pensamiento brillante el que me dice que deje de escribir pavadas.
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El tiempo pasa de modo diferente. Y la forma en que camino lo demuestra. No sólo es más lenta de lo habitual, es también más descuidada. Trato de pertenecer y no lo logro. Falsas curiosidades, pocas miradas a los costados. Trato de mirar más a los costados. ME doy cuenta que la pertenencia mata al turista que no logro matar. Saco fotos de personas que caminan, creo firmemente en las apariencias y en este caso en la forma de caminar. Ahora me siento nuevamente. Creo estar un tanto obsesionado con la forma en caminan.
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Viajar solo no representa en mí la imperiosa necesidad de hablar con gente en cada momento en que se presente la posibilidad. Redescubro cosas mías . Me gusta ver como se mueve la ciudad, hablarle. Me gusta comer sus comidas y odio los lugares de comida argentina fuera de Argentina. Igualmente extraño mis asados.
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Un mercado interminable con la carne de pollo y vaca a la luz del sol. Veinte grados. Se burlan alegremente de la cadena de frío. Por la noche como carne.
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Todo el tiempo trato de imaginar el final de su día, el después de su paso por esa plaza en dónde los veo caminar. Personas de vuelven o van a trabajar. Que miran a los gringos de costado. Otros que se amontonan en pequeñas combis. Pienso si son felices, si lloran seguido, si están enamorados, si los esperan con la comida hecha. Me resultaría ridículo preguntarles. Tampoco deben querer contarlo. Y menos a un desconocido con tiempo libre.
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Viajo en micro muchas horas. Paso por pueblos con no muchos habitantes y miro en paredes destartaladas propagandas de empresas multinacionales. Una rareza de la implacable globalización.
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Anochece y transito una ruta que le ganó a la montaña. En la oscuridad, en un lugar poco apto para mi supervivencia, veo a una señora de mucha edad que junto a un animal que no logro reconocer, se introduce entre árboles. No logro entender lo que veo. Me genera una rara sensación en el pecho. Extrañamente llego a preocuparme por ella. Después de algunas horas sigo pensando en ella y me doy cuenta que mi preocupación es ignorancia pura. Seguro que esa vieja muere de miedo en mi ciudad. Recordaré esa imagen.
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Alguien me comentó sobre la cantidad de veces que tocan bocinas. Aun más llamativo es la forma en que lo hacen. No son los eternos bocinazos argentos. Son cortos, son bocinas tímidas. Bocinas que exigen poco. Gente callada que toca bocina.
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Cuando hablan lo hacen como pidiendo perdón. Debería ser al revés.
lunes, 5 de julio de 2010
De otra manera

El paisaje no alcanzaba, una de las maravillas del mundo confundía la percepción de un viajante solitario que respiraba lento sentado en una piedra de poca monta.
Pensaba en la gente que había pisado la piedra de al lado, en la gente que vivió en esas inmensas ruinas.
Pero esa gente no estaba. Pensaba en la gente que pisaba esa hoja seca. Recordaba ritmos que intentó escuchar. En las miradas buscadas que perdían color con el correr de los minutos.
Pensó en cómo pasarla bien y miró el inmenso e irrevocable paisaje.
Ya lo vio.
Sintió admiración.
Pero ya lo vio.
Lo miró nuevamente, pero ya lo había visto.
Unos meses después recordó que ese paisaje era hermoso.
Unos meses después recordó que ese paisaje era hermoso.
En otros momentos no llegaba a recordar su magnitud.
Algún domingo descreía haber estado ahí.
Otros no.
Dos, tres, seis cervezas, unos cuantos abrazos, mucha complicidad, miradas que se repetían unas cuántas veces sin miedo a cansar.
Dos, tres, seis cervezas, unos cuantos abrazos, mucha complicidad, miradas que se repetían unas cuántas veces sin miedo a cansar.
Acentos extranjeros, señas irresolutas que intentaban.
No hay domingo, que no desee volver.
Los que vienen con lluvia son aún más desesperantes.
Creo que elige no volver a ese lugar en dónde posiblemente ese calor desproporcionado ya no es bueno que esté.
Claramente es una cuestión de temor.
Teme de forma inaudita tratar de volver.
lunes, 28 de junio de 2010
Bordeando

"Pido que las noches no se quiebren en tu luz"
Lisandro Aristimuño
La música sonaba en voz baja, quise mirar a los costados, la gente murmuraba palabras que para otros eran exclamaciones o porque no frases de amor, de amores nuevo, frescos, amores de mañanas con olores agradables.
Palabras que formaban frases que vislumbraban oscuridad compartida, que nombraban palabras desgastadas, que generaban sonrisas no fingidas, que acompañaban revoluciones cotidianas, que sonrojaban como sonrojan las primeras infidencias al oído.
La música seguía sonando como un susurro, pero seguía mirando a la gente que hablaba y me miraban.
Al menos eso creo.
Mi imagen no despertaba en ellos palabras alusivas.
Creo que me veían, creo darme cuenta que no me miraban, creo tener dudas.
Entre ellos sí se miraban, como mira quien nunca fue perseguido, como miran los que alguna vez no pudieron hacerlo, como lo hacen quienes sufren ante una imagen perdida, ante una pérdida…
Me propuse escuchar la música, pero era imposible reconocer sus palabras, y me mantuve al borde, en ese lugar en dónde transitaría una noche que nunca prometió nada, una noche que no era ni fría, que no permitía refugiarse en la tristeza.
Me propuse escuchar la música, pero era imposible reconocer sus palabras, y me mantuve al borde, en ese lugar en dónde transitaría una noche que nunca prometió nada, una noche que no era ni fría, que no permitía refugiarse en la tristeza.
Una noche en la que quise ser un ladrón pero sólo llegué a ser un triste espía.
miércoles, 14 de abril de 2010
Qulmeño

Pensando en poder dejar de pensar.
No se trataba de buenos a malos perdedores, se trataba de alguna lágrima que se escapó cuando no pudo dejar de pensar.
Estaba ansioso poder caminar tantos pasos prometidos, por poder mirar al amigo que siempre lo acompañaba y abrazarlo sin medir la fuerza.
Leyó en su celular que otro amigo le decía que el tiempo pone las cosas es su lugar.
Y pensaba en lo arbitrario del tiempo.
Pero no era momento para filosofía barata.
La lluvia daba el toque justo para que la noche acompañe el momento.
Coherencia pura.
Se había olvidado del ruido de su propio dolor, del sabor bien salado de sus lágrimas y se sintió extraño al revivirlo.
No es merecido murmuraba y seguía sintiendo.
Necesitaba dejar de sentir por un rato.
La mirada bien perdida se parecía a la alguien que sufre por amor.
Evidentemente era eso... sufría por amor.
domingo, 7 de febrero de 2010
Suficiente

Con algunos vicios de oscuridad miraba hacia una pequeña luz llena de inspiración.
Una luz bien pequeña, una luz difícil de apagar.
Pero siempre había peros.
Pero siempre creía en los peros.
Repito, esa lucecita no se iba a apagar, pero irremediablemente estaba para iluminar otros caminos.
Afortunados esos caminos, esos momentos, esas mañanas.
La cronología de los hechos no ayudaba y estaba claro que por algo no es de día en todos los lugares a la misma hora.
Buscar las causas tampoco ayudaba y trataba de taparse los ojos, pero no... la luz cada vez más pequeña no dejaba de tener una extraña intensidad.
Se conformó con saber que esa luz existía...
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